jueves, agosto 13, 2009

LAS COSAS INÚTILES

De vacaciones en Miami, mis hijas y yo nos aventuramos hasta un centro comercial llamado Sawgrass Mills, que quedaba muy lejos de casa, no sé si bien al norte de la Florida o ya en el estado de Georgia o Alabama. Como era tan lejos y no habíamos ido nunca y podíamos perdernos, llevamos un mapa, bolsas de dormir, nuestros pasaportes y una linterna.

Horas después -después de perdernos muchas veces, quiero decir-, llegamos ilesos a ese centro comercial. Horas después -después de encontrar parqueo, quiero decir-, llegamos propiamente a las tiendas del centro comercial. Sofocados, exhaustos, pero orgullosos de haber cumplido con éxito el primer paso de la misión, llegar con vida a Sawgrass, el templo de los compradores mezquinos y avariciosos de Miami, traspusimos con emoción sus deslucidas puertas sin saber lo que nos aguardaba.

Caminando por los pasillos infinitos de Sawgrass Mills, congestionados de personas de miradas feroces, que empujaban sus carritos metálicos con una determinación aterradora, comprendimos que estábamos en peligro y que debíamos actuar rápida y sagazmente para ganar esa guerra sin cuartel en pos de la mejor rebaja, la última liquidación, el precio más barato. No sabíamos bien qué queríamos, pero nos animaba vivamente la ilusión de comprar muchas cosas a precios bajísimos, inverosímiles, y derrotar así a ese ejército de depredadores que, estimulado por frecuentes dosis de cafeína, avanzaba sin piedad sobre cualquier cosa sospechosa de estar barata. De pronto entramos a una tienda y mi hija menor gritó, emocionada:

-¡Papi, una estufa baratísima, sólo cuesta diecinueve dólares!

-¡Cómprala, apúrate! -me animó la mayor.

-Pero es verano y hace mucho calor -dije-. No necesitamos una estufa.

-¡No importa! -dijo la menor-. ¡Sólo cuesta diecinueve dólares!

-¡Aprovecha, papi! -dijo la mayor.

No quería defraudarlas, así que pagué la estufa y nos la llevamos, victoriosos. Un poco más allá, mi hija menor se arrojó sobre unas zapatillas en descuento. Luego se las probó y verificó que le quedaban bien.

-¿Te gustan? -le pregunté.

-No, son horribles -me dijo.

-Bueno, entonces déjalas -le sugerí.

-No seas tonto, cómo voy a dejarlas, ¡están regaladas! -dijo ella.

-Pero no te gustan -le recordé.

-No importa, ¡hay que aprovechar que están en sale! -sentenció ella.

Sin perder tiempo, y esquivando a las hordas humanas que se precipitaban sobre toda prenda, objeto o artículo en descuento, compramos las zapatillas y continuamos buscando cualquier cosa más o menos inútil pero irresistiblemente barata. Poco después, en una tienda para mascotas de lujo, mis hijas, casi empujando a otras niñas, pudieron capturar una ropa coqueta para gatos.

-¡Ochenta por ciento de descuento! -anunció una, mostrando el trofeo: una gorrita, unas medias y una camiseta para gatos.

-Pero no tenemos gatos, amor -dije-. ¿Para qué vamos a comprarles ropa?

-¡Da igual, tonto! -me dijo ella-. ¡Después conseguimos los gatos! ¡Los precios están regalados!

Como sus argumentos parecían irrebatibles, no lo dudé y, tras pagar, me hice del botín. Luego nos abrimos paso entre la muchedumbre sobreexcitada y llegamos a otra tienda.

-¡Papi, calzoncillos a tres dólares! -gritó la mayor, eufórica.

-Gracias, pero no necesito calzoncillos, amor -le dije.

-¡Sólo cuestan tres dólares! -dijo la menor, saltando sobre las cajas de ropa interior-. ¡Cómpralos!

Azuzado por mis hijas, elegí unos calzoncillos y los llevé a la caja.

-Tenemos una promoción, señor -dijo la vendedora-. Si compra seis calzoncillos, se lleva uno gratis.

-No, muchas gracias, así estoy bien -le dije.

-¡Pero te regalan uno, papi! -gritaron las niñas-. ¡No seas tonto, aprovecha la promoción!

-Bueno, deme seis y así me llevo el de regalo -me animé.

Enseguida corrimos a otra tienda, el más feroz y peligroso campo de batalla, el outlet de Gap, donde gentes de todas partes del mundo se daban empellones, codazos y puntapiés, al tiempo que se decían procacidades y cosas insidiosas, sólo para atrapar, antes que los demás, las codiciadas prendas en liquidación.

-¡A seis dólares una ropita de bebé! -gritó una de mis hijas.

-Pero no tenemos bebés, amor -dije.

-¡No importa! -gritó la otra-. ¡Ya después vemos a quién se la regalamos!

-¡Sesenta por ciento de rebaja en vestidos de embarazada! -anunció la mayor.

-¡Los llevamos! -grité, sobreexcitado.

-Pero mami no está embarazada -observó la menor.

-¡Los llevamos! -dije, sin dudarlo-. ¡Nunca se sabe cuándo viene un embarazo en la familia!

-¡Diez dólares los shorts de camuflaje, papi! -anunció una de mis hijas.

-¡Tíralos al carrito, amor! -dije.

-¿Te gusta el camuflaje, papi? -preguntó.

-No, lo odio, pero a ese precio ya me empieza a gustar.

Horas después, extenuados, hambrientos, mareados, volvimos a casa con decenas de cosas que no necesitábamos ni nos gustaban ni usaríamos nunca, pero felices de haberlas conseguido a esos precios increíbles.

A la mañana siguiente, leí en el periódico que ese día no cobrarían el impuesto a las ventas en Miami y corrí a darles la buena noticia a mis hijas. Apenas la oyeron, la menor saltó de la cama y gritó:

-¡Vamos a Sawgrass, papi!

-¡Vamos! -grité.

-¿Pero qué vamos a comprar? -preguntó la mayor.

-Cualquier cosa -dije, sin dudarlo-. ¡Pero hay que aprovechar que no hay impuestos!

-¡Vamos! -gritaron ambas, felices.

En la camioneta, rumbo a Sawgrass, un brillo extraño iluminaba nuestras miradas. Teníamos una misión. Y nada ni nadie nos impediría cumplirla.

sábado, febrero 28, 2009

LAS VIDAS INESPERADAS

No podría probarlo, pero me asalta la poderosa sospecha de que la mayoría de los seres humanos no hemos sido planeados o planificados por nuestros padres, es decir que hemos llegado a nuestra precaria y fugaz condición de personas debido a un hecho más o menos fortuito o accidental, que, desde luego, nuestros padres no previeron ni probablemente desearon en el momento en que, tratando de gozar comprensible y humanamente de sus cuerpos, y no necesariamente tratando de reproducirse, dieron origen a nuestras vidas inesperadas.

Creo, sin poder demostrarlo, que la inmensa mayoría de las personas hemos llegado bruscamente al mundo no porque nuestros padres lo desearon y planificaron cuidadosamente antes de que ocurriese nuestra concepción, sino porque nuestros padres simplemente desearon tener sexo, desearon compartir un momento de puro placer, lo desearon con tanto ardor que olvidaron tomar las debidas precauciones y luego se resignaron, más o menos abatidos, o más o menos esperanzados, a los hechos fríos y consumados: ella había quedado embarazada y no había más remedio que aceptar la paternidad como un pesado mandato del destino que sólo los muy crueles osaban interrumpir para no complicarse más la vida.Podría apostar todo mi dinero (que no es mucho, pero es todo el que tengo) a que yo no fui un embarazo planeado, a que mis padres tampoco fueron embarazos planeados, a que ninguno de mis hermanos fue un embarazo planeado, a que ninguno de mis abuelos fue planeado, a que ninguno de mis tíos y tías fueron planeados.

Podría apostar que toda o casi toda mi familia llegó al mundo de la misma manera como las demás familias suelen llegar al mundo: de casualidad, accidentalmente, por imprevisión, negligencia o calentura de los padres. No dudo, por supuesto, de que había amor en las personas que nos concibieron, sólo me permito dudar de que en el momento en el que estaban copulando, estaban también pensando en concebirnos y deseando que tal cosa ocurriera. Creo que terminamos siendo un daño colateral o un precio a pagar por un momento de placer. Pero lo que en verdad dio origen a nuestras vidas no fue el deseo de que en efecto viviéramos, sino el deseo de nuestros padres a gozar de sus vidas, a gozar de sus vidas amándose más o menos torpe y descuidadamente.

No hay, que yo sepa, una encuesta o censo universal que pueda probar esta sospecha, pero de veras creo que la mayoría de las personas hemos llegado a tal condición porque nuestros padres no fueron suficientemente racionales, precavidos o calculadores. Es decir, que si nuestros padres hubiesen podido elegir en el momento mismo en que nos concibieron si sólo querían gozar de buen sexo o si además querían pagar el daño colateral de ser padres, muy probablemente la mayoría (sin conocernos, claro está) hubiese elegido el puro goce sexual y no la paternidad subsiguiente e inconveniente. Me atrevo a afirmar entonces esta impertinencia: que muchos de nuestros padres no eligieron racional y felizmente ser padres. Nuestros padres se resignaron a serlo como quien acepta que uno a veces se resfría o se corta un dedo o tiene un dolor de cabeza o le viene a una mujer la menstruación, como una cosa humana, fastidiosa, como un mal necesario.

No deja de ser curioso que el origen de la vida humana parezca estar menos en el deseo de reproducirnos que en el mero deseo de gozar. Es decir, que el deseo de gozar de nuestra precaria humanidad parece ser tan intenso y abrasador que obnubila nuestros cálculos y nuestro mínimo sentido de la prudencia y trae como consecuencia inesperada e indeseada una nueva vida humana. A veces esa nueva vida mejora la vida de sus padres y los llena de felicidad. A veces la empeora y la llena de conflictos, reproches, enconos y rencores. Lo que nos lleva a otra conclusión igualmente imposible de probar: toda vida humana se origina en la búsqueda del placer (no siempre en la búsqueda mutua del placer, a veces en la búsqueda solitaria e incluso brusca, violenta y forzada del placer de un individuo sobre otro), pero no toda vida humana es fuente de placer. Que lo sea o no depende de la sabiduría de los padres o de la sabiduría de los hijos o del imperio del azar o del capricho de los dioses.

Si me dijeran que mañana voy a morir, aquello de lo que más me arrepentiría sería haber deseado no ser padre, haber intentado porfiada y estúpidamente interrumpir los embarazos que me hicieron padre.

Respetando la tradición familiar, mis hijas no fueron embarazos planeados, fueron embarazos accidentales. Su madre y yo nos amábamos sin la menor duda y queríamos obtener el máximo goce posible acercando nuestros cuerpos, pero no calculamos que aquella pasión formidable y ciega nos haría padres. La paternidad fue entonces una consecuencia inesperada, no exenta de conflictos y recriminaciones por mi parte, un evento azaroso que no asumí con la menor alegría.

Es decir que es sólo exacto afirmar que soy padre de dos hijas no porque deseé tenerlas y las planifiqué racionalmente, sino porque amé y deseé a su madre con tanta intensidad que dejé de pensar en las consecuencias que dicho acto amatorio podía acarrear.

Se puede decir entonces que, siendo sin duda fruto del amor, mis hijas no fueron fruto del cálculo o la razón. Racionalmente, yo no quería ser padre. Racionalmente, yo sólo quería obtener un magnífico orgasmo. Irracionalmente, no tomé las debidas precauciones y dejé embarazada a mi chica.

En aquellos momentos turbulentos, ambos embarazos pudieron ser vistos (al menos, por alguien tan tonto como yo) como un error, un descuido o una imprudencia. Es decir, que no me alegré cuando mi chica me dijo que estaba embarazada. No era algo que ella ni yo deseábamos. Fue un hecho fortuito, una consecuencia inesperada de la pasión irracional que nos unía.

Irónicamente, lo que entonces consideré que había sido un error, un acto irracional o imprudente, ha terminado siendo lo mejor que me ha pasado en la vida, la experiencia más feliz y enriquecedora de mi existencia, aquello de lo que me siento más orgulloso cuando pienso en lo que dejaría si muriera mañana: mis hijas, dos vidas preciosas y formidables que llegaron al mundo no gracias a mí, sino a pesar de mí.

Ninguna de las cosas que yo puedo haber deseado, calculado o planificado, como un libro o un programa de televisión, podría compararse nunca en belleza, armonía y perfección a aquellas dos personas, mis hijas, a las que contribuí a dar vida sin calcularlo ni planificarlo, e incluso oponiéndome tozudamente y haciendo sufrir a su madre.

Esta melancólica conclusión, que dos circunstancias que en su momento consideré erróneas o imprudentes terminasen siendo el origen de las más grandes alegrías y los más perdurables placeres que he vivido, que de dos supuestos errores racionales surgieran dos fantásticas vidas humanas que han enriquecido y mejorado la mía de un modo que no podría siquiera comenzar a describir, hace que, cerca de cumplir cuarenta y cuatro años, y viendo dormir a mis hijas de quince y trece años, me sienta ahora mismo el hombre más idiota y feliz del mundo.

miércoles, enero 16, 2008

La llamada inoportuna

Es un viernes de otoño en esta isla apacible cercana al centro de Miami. Sofí­a ha llegado desde Las Vegas, una ciudad que no le ha gustado nada. Inquieto por su llegada, he despertado más temprano que de costumbre. No he tenido fuerzas para ir a buscarla al aeropuerto, he preferido mandar a un chofer. Sofí­a llega con dos pesadas maletas, vestida como si viniera de una fiesta. Poco después llegan los jardineros –dos jóvenes salvadoreños que manejan una enorme camioneta roja– y empiezan con su concierto de ruidos insoportables.



Le sugiero a Sofí­a que salgamos para evitar esa odiosa agresión acústica, casi tan odiosa como los continuos, incesantes ladridos del perro del vecino. Sofí­a y yo nos sentamos en un restaurante de la isla. Ella pide una ensalada; yo, el menú: sopa de lentejas y pollo con arroz. Sofí­a dice que Las Vegas le pareció horrible, que el hotel era viejo y feo, que le disgustó que en los casinos se pudiese fumar, que la gente era espantosa. Escucho sin agitarme, estoy fatigado, he dormido mal. Luego dice que no está contenta trabajando en la compañí­a de sus padres, que está pensando cambiar de trabajo.



No le aconsejo nada, ya sé que mis consejos son inútiles. Sofí­a se impacienta cuando habla de su trabajo y de su casa, quiere cambiar de trabajo, de casa y quizá de paí­s, no parece feliz con su vida. No hay nada que yo pueda hacer, salvo escucharla con cariño e invitarle más lentejas de la sopa, que está deliciosa. Cuando volvemos a la casa, se han ido los jardineros. Dejo a Sofí­a en la planta baja y me voy a mi cuarto en el segundo piso, a leer y descansar. Antes, desconecto el teléfono para evitar que interrumpa la siesta.



Despierto cuando ya oscurece, más cansado todaví­a. Bajo a la cocina. Sofí­a está echada en el sofá, viendo televisión. Me pregunta si he llamado a la aerolí­nea para confirmar su asiento en el vuelo de la medianoche. Conecto el teléfono, llamo a la aerolí­nea, confirmo su asiento, llamo luego al chofer y le pido que venga a buscarla a las once de la noche. Cuelgo. Estoy a punto de desconectarlo nuevamente cuando suena el teléfono. Contesto. Es Martí­n, desde Buenos Aires. Quedo sorprendido. Es muy raro que me llame.



Sofí­a está a mi lado, en el sofá de la cocina. -¿Qué hacés? -pregunta Martí­n, con voz cariñosa. Hemos hablado a mediodí­a, antes de que Sofí­a llegase. Yo lo llamé, como de costumbre. No le recordé que Sofí­a pasarí­a la tarde en mi casa, no quise decí­rselo porque él y ella no se quieren, a pesar de que tampoco se conocen. -Nada, viendo las noticias -digo. Es verdad, el televisor está encendido en las noticias de la tarde. Martí­n nota que mi voz es algo más frí­a y distante que la habitual. No puedo hablarle tan relajada y cariñosamente como quisiera porque Sofí­a está a dos pasos, mirándome, preguntándose quién me llama, por qué me he incomodado tanto con esa llamada. -Te llamo porque estoy saliendo a la fiesta de Tito y Matí­as -me dice Martí­n.



En Buenos Aires son dos horas más que en Miami, las ocho y media ya. Es el cumpleaños de Matí­as, un amigo de Martí­n. Matí­as es dentista, es gay, es un chico encantador, es novio de Tito. -¿Eso está confirmado? -le pregunto, y me siento muy tonto por haber dicho esas palabras tan raras e inesperadas, que le dan a la conversación una seriedad absurda, forzada, que Martí­n nota enseguida, y por eso me dice: -Ya me di cuenta que no podés hablar. Ya sé por qué no podés hablar. Ahora hay un tono de fastidio en su voz. Le ha molestado que no sea cariñoso con él, que le hable con una voz distante porque mi ex esposa, la madre de mis hijas, la mujer que lo detesta, está sentada a mi lado. -¿Te molesta si te llamo después? -le pregunto. -No me llames –dice Martí­n, furioso–. Hasta luego. Cuelgo el teléfono. Sofí­a pregunta: -¿Problemas en el trabajo? -No te preocupes –digo–. Nada importante.



No he tenido valor para decirle que era Martí­n, mi amante. No he tenido coraje para decirle que ya es hora de que ella acepte que ese hombre es parte de mi vida y que si no le interesa preguntarme nunca por él, yo no estoy dispuesto a seguir escondiéndolo de ella por temor a sus furias y represalias, por miedo a que no me deje viajar con mis hijas en las próximas vacaciones. Me siento mal de haberme puesto tan tenso cuando llamó Martí­n. Hubiera querido ser valiente y hablarle con cariño sin importarme que Sofí­a estuviera a mi lado. No pude. Fue demasiado para mí­. Le tengo miedo a Sofí­a, tengo miedo de humillarla si le digo que amo a un hombre. No quiero hacerla llorar más. Ya fue suficiente.



Por eso evito hablarle de Martí­n, de esos temas que todaví­a duelen. Mientras camino solo por el parque de noche, llamo varias veces al celular de Martí­n pero no me contesta, sé que no me va a contestar. Sé que está odiándome, piensa que soy un cobarde. No me entiende. No entiende que algo violento y oscuro, un miedo que no pude controlar, se apoderó de mí­ cuando escuché su voz en el teléfono, con ella a dos pasos. Antes de irme a la televisión, le recuerdo a Sofí­a que el chofer vendrá por ella a las once. Nos despedimos con un abrazo cariñoso, le digo que vuelva pronto. Ya en la camioneta, llamo de nuevo a Martí­n pero es en vano, no contesta.



Vuelvo a casa a medianoche, exhausto. Encuentro un correo de Martí­n que dice: “Así­ que no me podés hablar porque está Sofí­a en la casa? Yo no soy amante de nadie, ok? NO ME LLAMES NUNCA MAS”. Por supuesto, lo llamo. No contesta. Tras varios intentos, ya muy tarde, consigo hablar con él. Le pido disculpas, le digo que no puedo hablarle con el cariño de siempre cuando Sofí­a está a mi lado porque no quiero lastimarla, humillarla, le pido que me entienda, que no sea tan inflexible. -Si querés seguir conmigo, vas a tener que hablar con Sofí­a de mí­ â€“me dice–. Estoy harto de que me escondas. Estoy harto de que no puedas hablarme cuando ella está con vos. Estoy harto de no poder contestar el teléfono cuando estamos con las nenas.



Trato de defenderme, pero Martí­n tiene razón. Deberí­a ser valiente, enfrentar a Sofí­a, decirle la verdad: que cuando viajo con nuestras hijas a veces nos acompaña Martí­n y que si ella viene a mi casa tiene que acostumbrarse a la idea de que él puede aparecer en persona o por teléfono y en ese caso no ocultaré el cariño que le tengo. Tras una larga y extenuante conversación en la que no faltan los reproches, cuelgo el teléfono y subo a mi cama.



Ha sido un dí­a malo, desafortunado. Martí­n no pudo llamar en un momento más inoportuno. Sofí­a pasó sólo unas horas en mi casa y a él, que nunca me llama, se le ocurrió llamar precisamente esa tarde. Me he quedado sin palabras. Tal vez deberí­a decirle a Sofí­a que Martí­n es mi novio. Tal vez deberí­a decirle a Martí­n que no quiero un novio, una pareja, que quiero vivir solo y encontrar en él a un amigo, no a un amante posesivo. Tal vez deberí­a desconectar el teléfono del todo.

MUJERES

Mi primera mujer fue una prostituta. No recuerdo su nombre, no sé si llegué a preguntárselo. Me atendió amablemente, aunque con cierta premura comprensible. No le costó trabajo advertir que los temblores de mi cuerpo se debí­an no al frí­o que yo alegaba sino al temor a fracasar con ella, la primera mujer que finalmente podí­a tocar desnuda.

Fracasé, por supuesto, y a ella poco le importó. Para vengar la afrenta, insistí­ con una prostituta que trabajaba en una casa de masajes. Mi cuerpo, una vez más, se rehusó a obedecerme.

Por mucho que lo intenté, no pude obtener alguna forma de placer de esos forcejeos fallidos con un cuerpo al que, aun esforzándome, no conseguí­a desear. Lo peor no fue pagar sino pedir disculpas por no estar a la altura de la circunstancias. Oficialmente tuve una novia en el primer año de universidad. Se llamaba Ana.

Lo que me atrajo de ella fue su descuidada elegancia, la elegancia de una señora precoz, y su manera de fumar. La llevé a cenar con mis abuelos y la aprobaron. Mi padre vino una tarde a visitarme y vio una foto de ella en mi escritorio y no dijo nada pero me miró con un aire raro, no sé si sorprendido o contento o ambas cosas a la vez. Ana y yo salí­amos a bailar los fines de semana.

Ella fumaba mucho. Era muy inteligente, sabí­a de historia y polí­tica y le gustaba demostrarlo. Su hermano era extraño, decí­a que querí­a ser presidente. Sus padres simulaban quererme pero en el fondo me veí­an con recelo, no les gustaba que saliera en televisión a tan temprana edad.

Cuando nos quedábamos solos en su casa, poní­a la música que más le gustaba -Genesis, Peter Gabriel- y nos enredábamos a besos, unos besos que por mi parte eran atropellados, torpes, excesivos. No sé por qué terminamos, tal vez porque se hartó de mis besos o porque conocí­ a su prima. Su prima también estudiaba en la universidad y era más linda que ella.

Se llamaba Micaela. Fue la primera mujer a la que, venciendo el miedo escénico, pude amar. Yo fui también su primer hombre o eso fue lo que ella me dijo y ella no mentí­a. Era una mujer inolvidable en muchos sentidos, no sólo por su belleza sino por su inteligencia, su aire bohemio y su carácter apasionado.

Hicimos viajes juntos, elegimos los nombres de nuestros hijos, nos escribimos cartas desesperadas en aquellos años en que todaví­a se escribí­an cartas de amor y luego ella se fue lejos y cuando fui a buscarla ya era tarde, ya se habí­a enamorado de otro. A Estefaní­a, la hermana de un amigo, le gustaba tomar champagne antes de sacarse la ropa, obligarme a bailar aunque me quejase y pedirme prestados sacos y casacas que nunca me devolvió (y no le pido que me las devuelva, pues ya no me quedarí­an).

Lo que más me gustaba de ella es que entendí­a bien la naturaleza de la amistad que nos uní­a a su hermano y a mí­, algo que, lejos de escandalizarla, parecí­a divertirle. Cuando pienso en ella, la veo tendida en la alfombra de un departamento vací­o, con una botella de champagne.

No fue amor, fue sólo un juego retorcido del que supimos salir ilesos o casi. Lo que ha quedado en mí­ de Gabriela es el sabor salado de sus besos con olor a cerveza aquella noche que bajamos al mar en el auto de mi madre cuando su novio estaba de viaje.

No debió ocurrir, pero ocurrió, y luego todo se torció y la amistad se echó a perder, aunque en realidad yo nunca he sido amigo de nadie, ni siquiera de mí­ mismo. Mi prima Araceli me regaló una tarde de amores furtivos en un hotel, una tarde en la que me asaltó la evidencia de que yo no habí­a nacido para triunfar en esos asuntos resbaladizos.

Luego se fue a vivir lejos y yo no la perseguí­ ni contesté sus cartas porque me humillaba el recuerdo de mi ineptitud pasmada frente a su destreza para el combate cuerpo a cuerpo.

Aunque fue una noche y solo una noche -en realidad, un amanecer-, no puedo pasar por alto la emoción que me embargó cuando me deslicé en la cama de Milagros, la hermana de un amigo, y fui suave y generosamente recompensado por esa chica rubia a la que nunca más volví­ a ver.

Sin desmedro de sus encantos, que no eran menores, tal vez aquella madrugada resultó inolvidable por la proximidad en la que se hallaban durmiendo sus padres y su hermano, quienes me creí­an incapaces de esa feloní­a, que a ella, sin embargo, no pareció sorprender.

Josefina me enseñó a caminar por las calles de su ciudad, a moverme en autobús, a querer a su hija que patinaba en el parque (de la que luego tomé el nombre para una de mis hijas), a ver dos y tres pelí­culas una sola noche, a leer los libros que me recomendaba con pasión. Era una mujer fascinante. La amé sin necesidad de hacer el amor. En unas pocas (divertidas) ocasiones, intentamos hacer el amor pero resultaba un estorbo para amarnos. Nos vemos muy rara vez. Eso no ensombrece la certeza de que la sigo queriendo.

Todo lo que puedo decir de Sofí­a es que fue mi mujer por diez años y me dio dos hijas que ahora son, junto con ella, mis mujeres por todos los años que me queden de vida. No sé si es insuficiente decir esto para describir el tipo de alianza que me une con ella, una alianza que sobrepasa las leyes pasajeras del deseo y la posesión.

Quizá sea mejor decirlo de esta manera: nada de lo que pueda darle compensará en belleza, arrojo y plenitud lo que ella me dio. Ya no es mi mujer, no dormimos juntos, pero hemos encontrado otras formas más exactas y perdurables de querernos. Es sin duda la mujer que más me ha amado y la que más he amado y lastimado a partes iguales. Las heridas, o el recuerdo de esas heridas, se olvidan cuando nuestras hijas sonrí­en, que es algo que por suerte pasa a menudo.

No exagero cuando digo que ninguna mujer me ha turbado en todos los buenos y malos sentidos, pero sobre todo los malos, como me ocurrió con Isabela. Fue una pasión escondida y deshonesta -es decir, más completa y placentera-, porque ella estaba casada y su marido me conocí­a y, lo que es peor, confiaba en mí­. Pudimos haber tenido un hijo, el azar no lo quiso. Yo era el hombre que ella podí­a ser a veces con otras mujeres y ella era la mujer que yo podí­a ser a veces con otros hombres. Su cabeza de loca de patio era la mí­a.

Cada suave contorno de su cuerpo habita en mi memoria. Si hay una mujer a la que no me cansaré de extrañar, es Isabela. Pero ella ya no me desea, o desea que yo sea una mujer, una loca de patio como ella. Con Andrea me pasó algo raro, y es que se hizo un tatuaje en la espalda con mi nombre, lo que parecí­a un gesto desmesurado de amor, pero nunca me provocó tocar esa piel, besarla, lamerla, hacerla mí­a, ni siquiera lamer ese tatuaje con mi nombre, lo que hubiera sido como besarme a mí­ mismo.

La última mujer con la que pasé una noche fue Lola. Esto ocurrió hace ya cinco años y, debido a sus apetitos ingobernables, quedé bastante maltrecho y deshidratado. Al dí­a siguiente, bajé al bar del hotel y me enamoré de un hombre alto, flaco y valiente para el amor. Desde entonces no he tenido más mujeres.

lunes, octubre 01, 2007

Extrañas formas de sabiduría

Vuelvo a Buenos Aires después de cinco semanas. Los diarios anuncian días helados. No me preocupa demasiado. Al pie de la cama tengo una estufa portátil que sopla aire caliente (robada de un hotel chileno y a la que llamo “soplapollas”), que es como mi mascota y me previene de resfriarme. Le digo al chofer que me lleve a San Isidro, pero no por la general Paz, que a esa hora, las ocho de la mañana, suele ser un enredo intransitable, sino por una ruta alternativa, Gaona y Camino del Buen Ayre. El chofer me dice que me costará veinte pesos más.

Le digo que no importa y que acelere. Me dice que nos pueden tomar una foto y multarnos. Le digo que en ese caso pagaré la multa. Salvo el cansancio, nada me exige llegar pronto a casa. Pero llevo la prisa del viajero frecuente, que, sin pensarlo, impulsado por una antigua costumbre, quiere ser el primero en salir del avión, pasar los controles, subir al taxi y llegar a casa, como si fuese una competencia con los demás pasajeros o con uno mismo, como si quisiera batir una marca personal.

Después, al llegar a casa, desaparece esa inexplicable premura, esa urgencia ciega, y puedo pasar una hora frente a la computadora, leyendo diarios y correos que tal vez no debería leer. Duermo pocas horas. Sueño con celebridades. Es una extraña y alarmante costumbre la de soñar con celebridades. Al despertar, llamo al restaurante alemán, digo que estaré allí en quince minutos y pido la comida. De todos los restaurantes que he visitado, es el que más feliz me ha hecho. Se llama “Charlie’s Fondue”.

Está en Libertador y Alem. Cuando estoy en San Isidro, almuerzo allí todos los días, y a veces también voy a cenar. Después de almorzar, voy a cortarme el pelo con Walter. Atiende en “Walter Pariz”, con zeta, en la calle Martín y Omar, casi esquina con Rivadavia. Me hice su cliente en otra peluquería, pero tuvo el valor de abrir su propio negocio y no dudé en acompañarlo. Es un joven amable y emprendedor. Me habla de su hija, me muestra fotos de ella. Me habla de San Lorenzo, su otra pasión.

Me corta el pelo mejor que ningún peluquero de Miami o Nueva York. Me cobra doce pesos, veinte incluyendo la propina. Le digo que nos veremos en tres semanas, cuando regrese al barrio. Paso por la clínica San Lucas. Me acompaña Martín, mi amigo más querido. Su hermana Candy sigue enferma, batallando contra un cáncer que no cede. Entramos a la habitación. Sus padres me saludan con cariño.

Candy está muy delgada. Tiene un calefactor encendido a su lado, en la cama. Me impresiona su lucidez. Hablamos de viajes, del que hizo a Río con Martín, a Sudáfrica con su hermana, del que su padre hizo a Londres. La televisión está prendida en un programa de chismes. De pronto, se queja de estar así, postrada y entubada en un sanatorio, con sondas y sueros y toda clase de dolores y molestias inenarrables por los que una mujer de su edad, apenas treinta años, no debería pasar. Sin quebrarse ni compadecerse de su propia suerte, con una firmeza y un coraje admirables, dice: “Quiero que me saquen todo esto y me dejen volver a casa. Si me voy a morir, prefiero morirme antes. No tiene sentido vivir así, para que puedan venir a visitarme”. Se hace un silencio. Nadie sabe qué decir.

Yo la admiro sin reservas. Al despedirme, le doy un beso y le digo que la quiero mucho. Es muy difícil creer en Dios cuando el destino embosca a una mujer tan joven y se ensaña con ella. Los días siguientes grabo mis entrevistas de televisión. No deja de ser una ironía que aparezcan en un programa de modas y glamour, dos asuntos que desconozco por completo. Voy con la misma ropa todos los días, el mismo traje, la misma corbata, los mismos zapatos viejos de liquidación. Llevo tres pares de medias, por el frío, que no da tregua. Lo que más me gusta de ir a la televisión es conversar con las señoras de maquillaje.

Son tres y poseen extrañas formas de sabiduría, además de un número no menor de chismes. Me cuentan el más reciente: una diva, harta de esperar a una actriz joven, que demoró una hora en llegar a las grabaciones, entró al cuarto de maquillaje, le gritó a la actriz: “¡Sos una negra culosucio!” y la abofeteó.

Ellas, que presenciaron la escena, le dan la razón a la diva. Lo que menos me gusta de ir a la televisión es que me maquillen con esas esponjas sucias, trajinadas, olorosas, impregnadas de cientos de rostros célebres y ajados, bellos y estirados, falsos y admirados.

Me digo en silencio que en mi próximo viaje llevaré mis propias esponjas, pues parece riesgoso que a uno le pasen por la cara tantas horas de televisión, tantas partículas diminutas de tantos egos colosales que terminan confundidas en mi cara de tonto, junto con la base, el polvo y la sonrisa más o menos impostada. Pero los mejores momentos no son los que ocurren en la televisión sino en mi barrio de San Isidro, por el que, a pesar del frío y una llovizna persistente, me gusta caminar sin saber adónde ir, dejando que me sorprenda el azar.

Voy al almacén de la esquina a comprar cosas que no necesito, sólo para conversar con las chicas empeñosas que allí atienden. Paso por la tienda de discos a comprar discos que no voy a escuchar, sólo para hablar con los chicos suaves que me saludan con cariño. Entro a la tienda de medias polares y me quejo del frío y me llevo varios pares más, deben de pensar que voy a esquiar.

Compro champús franceses, sólo para darme el placer de preguntarle a la señora francesa muy mayor, que no para de fumar, qué champú le vendría mejor a mi tipo de pelo, y ella da una bocanada, echa humo, tose, pierde felizmente un poco de vida, me toca el pelo grasoso y recomienda el Kérastase gris, que es el que peor me va, pero el que me llevo obediente, porque me encanta que me toque el pelo con sus viejas, viejísimas manos.

Me detengo en el negocio de computadoras y me siento a imprimir unos cuentos innecesarios, prescindibles, sólo porque quiero mirar a, y conversar con, el chico tan lindo, tan abusiva e inquietantemente lindo, que despacha tras el mostrador. Estos son los momentos caprichosos y felices que, cuando me voy de Buenos Aires, echo de menos, sin contar, por supuesto, los otros, los que paso con Martín, que espero que no lea esta crónica y se entere de la verdadera razón por la que cada tarde tengo algo urgente que imprimir en el negocio de las computadoras de la calle Martín y Omar.

De madrugada, todavía a oscuras, subo al taxi, rumbo al aeropuerto. El chofer me cuenta que tiene diez hijos pequeños y hace poco nació uno más, todos con la misma mujer. Le digo que debe de ser muy lindo tener una familia tan numerosa. Me dice: “No. No es lindo. Pasa que llego a casa tan cansado, a las siete de la mañana, que siempre me olvido de ponerme forro”. Nos reímos. Hay en su risa enloquecida una extraña forma de sabiduría. Sólo en Buenos Aires uno encuentra gente así. Por eso quiero irme a vivir a esa ciudad.

viernes, agosto 03, 2007

LOS CONJUROS QUE TRAE LA NIEBLA

Una semana de finales de junio en Lima puede parecer un año. Las noches son heladas y culposas; en las mañanas una niebla espesa lo difumina todo, incluso la certeza o la esperanza de que te irás pronto; las horas y los días pasan con una lentitud sañuda, exasperante, como si uno estuviese privado de su libertad, confinado en una cárcel de techo gris en la que nació, de la que siempre quiso escapar y a la que acaba volviendo resignadamente, porque no queda más remedio.

Debo pasar una semana en Lima porque mi hija menor cumple doce años un miércoles (y nada, ni siquiera mi condición de reo o presidiario en esta gran mazmorra polvorienta a orillas del Pacífico, justifica ausentarme de su fiesta el día en que ella celebra su existencia) y porque tengo que grabar unos programas para irme con mis hijas un mes de vacaciones al país donde ellas nacieron, donde escribí casi todas mis novelas (con excepción de La mujer de mi hermano, la peor de todas, que sospechosamente fue perpetrada en el cuarto de un hotel con vista a un cerro árido de los suburbios de Lima, y la última, Y de repente, un ángel, que fue escrita en un departamento de Buenos Aires con vista a la cancha de rugby de San Isidro) y donde somos vulgarmente felices cuando nos bañamos en la piscina, bajo las sombras que nos conceden las palmeras.

Las celebraciones de mi hija menor se dividen sabiamente, porque así lo ha dispuesto ella, en una fiesta adolescente con sus amigas y amigos del colegio, en un inevitable lonche familiar (que ella espera con cierta aburrida resignación, aunque con la curiosidad de ver cómo me tratarán algunas personas de la familia que me detestan cordialmente) y en un desayuno con su hermana y sus padres, a una hora cruel para mí, las siete de la mañana, en que abre bostezando sus regalos (todos los cuales ella ha comprado por internet, enviado a mi casa en Miami y visto a escondidas conmigo, apenas llegué a Lima) fingiendo sorpresa y alegría. Su fiesta es un éxito ruidoso y eso me provoca alarma y pavor.

Un número inesperadamente alto de muchachos inesperadamente altos desborda la pista de baile: muchos de ellos no han sido invitados y se han metido a la casa haciendo trampa, mintiendo, burlando al hombre de seguridad, diciendo nombres que no son los suyos pero que están en la lista de invitados, lo que confunde al pobre guardia, que nunca sabe quién es el invitado y quién el impostor, y por eso, aturdido y humillado por los modales prepotentes de esos jovencitos de otros colegios que ni siquiera conocen a mi hija, deja entrar a todos.

Mi hija quiere echar a los intrusos, pero yo le aconsejo que no lo haga, que se olvide de ellos y disfrute de la fiesta. Uno de los intrusos se burla de la fealdad de una chica (le grita “Betty, Betty”, por Betty la fea) y ella se harta y le da una bofetada.

Todas las canciones, si podemos llamarlas así, pertenecen a ese género esperpéntico y atroz llamado reggaetón, que mi hija adora y baila con frenesí, pero que a mí me parece una agresión acústica insoportable, lo que provoca las justificadas quejas de los vecinos, hartos de esas letras pendencieras, chatas, obscenas, calenturientas, que los parlantes del jardín expulsan a un volumen despiadado y no los dejan descansar.

Le pido al hombre que hemos contratado para que se ocupe de la música que por favor ponga algo decente (Shakira, Juan Luis Guerra, algo que se pueda bailar pero que tenga buen gusto, un mínimo de refinamiento), pero él responde a los gritos, con cara de trastornado, que sólo tiene reggaetón, que mi hija sólo quiere reggaetón, que si no pone reggaetón lo van a pifiar y echar a patadas.

Me siento en una esquina, los pies al lado de la estufa, y veo a lo lejos a mi bellísima hija bailando esos ritmos grotescos con una gracia y una aparente felicidad que le da sentido a todo, incluso a la creciente sospecha de que las señoras que comen sanguchitos me odian en silencio y muy educadamente porque digo en televisión que me gustan los hombres y porque me permito decir incluso los hombres que me gustan o me han gustado, lo que para ellas, que comen tan atropellada y felizmente esos sanguchitos que yo he pagado para que sigan engordando sus lindas pancitas, es una cosa de un mal gusto atroz, aunque no tanto como moverse al ritmo del perreo. El lonche familiar resulta inesperadamente divertido.

Mi ex suegra me saluda con sorprendente cariño. Luce bella, delgada y encantadora. Atribuye su eterna juventud a ciertas raíces, aceites, brebajes, semillas y hojas de la Amazonía que ella se aplica religiosamente y que no duda en recomendar, a riesgo de aumentar la potencia sexual de los consumidores de dichas maravillas curativas.

Mi ex mujer luce bella, delgada y encantadora. Se ha liberado de un conjuro malvado que alguien tramó contra ella. Sospecha de una mujer que la envidia. Ha visitado a un chamán o curandero, un hombre de corta estatura, aliento alcohólico y mirada extraviada, y le ha pedido que rompa el conjuro, que neutralice la emboscada insidiosa de su enemiga, que la proteja y purifique del hechizo torvo. El curandero le ha pedido que se desnude.

Mi ex mujer ha preguntado, con comprensible alarma: ¿Del todo? El chamán ha respondido, con comprensible rigor: Del todo, mamita. Si no te calateas, no puedo pasarte el cuy. Mi ex mujer se ha tendido desnuda en una camilla maloliente. El curandero ha frotado por su espalda y sus nalgas un cuy vivo de pelambre marrón.

De pronto, ha gritado: ¡Carajo, se ha muerto el cuy! Luego ha explicado que el pobre roedor ha expirado por absorber toda la energía negativa depositada dentro del cuerpo de mi ex mujer, como consecuencia del conjuro urdido maléficamente contra ella.

Mi ex mujer ha sospechado (y yo la he acompañado en esa sospecha) que el curandero ha estrangulado al cuy, sólo para impresionarla y probar de un modo histriónico su discutible eficacia. Luego, el hombre, tras deshacerse del animal, ha echado agua con pétalos de rosas sobre el cuerpo de mi ex mujer.

Ella ha creído ver que algo, no precisamente un cuy, se abultaba y movía entre las piernas del chamán. Después le ha pagado y se ha sentido radiante, liberada del hechizo maléfico, purificada y optimista, como debió de sentirse cuando se divorció de mí con un buen gusto irreprochable.

Al día siguiente, muy temprano, mis hijas y mi ex mujer han salido al aeropuerto, rumbo a Miami. Nos veremos allá en pocos días.

Me he quedado en Lima con el espíritu avinagrado, soportando de mala gana la niebla, la garúa, la conmovedora idiotez de los patriotas y los moralistas, los ladridos de los perros de mis hijas, que esperan que les tire más salchichas. Desolado, he abierto la agenda de mi ex mujer, he llamado al curandero y le he pedido que me pase el cuy.

domingo, julio 08, 2007

BELLO Y TORTURADO

Hace seis años, una tarde de agosto en Buenos Aires, Martín va a casa de Juan a hacerle una entrevista. Martín es editor de una revista de modas. Juan es un famoso periodista argentino de radio y televisión. Martín es muy joven, tiene apenas veintitrés años, y admira a Juan, aunque no se lo dice por pudor. Juan es guapo, inteligente y exitoso, y tiene sólo treinta años.

Martín le pregunta si no le molesta que otro famoso periodista de radio, Fernando, diga en su programa, una y otra vez, con su habitual espíritu impúdico y provocador, que Juan es homosexual. Juan le confiesa que sí le molesta y que es verdad que es homosexual: -No soy puto -le dice-. Soy re puto. Por primera vez, Juan reconoce en una entrevista que le gustan los hombres. Es una liberación, un acto de afirmación personal.

Nunca más tendrá que fingir o simular que es lo que en verdad no es. Durante más de dos horas, le cuenta a Martín, ya emancipado del temor de decir la verdad, cómo descubrió, siendo adolescente, que le gustaban los hombres, cómo intentó en vano desear a ciertas mujeres con las que salió como novio atormentado, cómo se impuso sobre su destino la oscura certeza de que era homosexual. Martín escucha conmovido y, a ratos, levemente turbado por una bien disimulada crispación erótica. Cuando la revista aparece en los quioscos, estalla el escándalo. La prensa del espectáculo no se ahorra detalles.

Todos se enteran de que Juan es homosexual y ya estaba harto de vivir en la penumbra del armario, mintiendo, escondiéndose, ocultando esa verdad que tanto lo define frente al mundo. Curiosamente (y esto quizá sorprende a Juan como a los mojigatos que lo critican), luego de salir del armario su carrera periodística no entra en crisis ni decae su audiencia, sino que, por el contrario, el público que lo sigue se multiplica y su prestigio profesional se consolida. Un año después, una tarde de agosto en Buenos Aires, Martín va a un hotel en el centro a entrevistar a Joaquín, un escritor peruano de dudosa reputación. Joaquín no oculta que le gustan los hombres. Martín todavía no ha salido del armario. Joaquín lo seduce. Se enamoran.

Martín pierde el miedo y se asume como homosexual. Se lo cuenta a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos. Todos reciben la noticia con buen humor. En abril del siguiente año, Joaquín se instala un par de meses en Buenos Aires para presentar un monólogo de humor en un teatro de la calle Corrientes. La obra, si podemos llamarla así, es una visión ácida y atormentada sobre el tardío descubrimiento de su homosexualidad, su salida del armario (con novela bajo el brazo) y las repercusiones escandalosas que ella provocó en su muy religiosa familia y en la ciudad donde nació, Lima. Es primavera en Buenos Aires.

Florecen los bosques de Palermo. Joaquín alquila un departamento en la calle Gutiérrez, esquina República de la India, frente al zoológico. Con el propósito de llevar gente al teatro, Joaquín se resigna a conceder algunas entrevistas. En una de ellas, la presentadora de un programa de televisión le pregunta cuál es su tipo de hombre.

Joaquín menciona a Juan, el famoso periodista. Minutos después, Juan, que al parecer estaba grabando en un estudio contiguo, aparece sorpresivamente en el programa, se abraza con Joaquín, le despeina el flequillo y le dice piropos traviesos. El encuentro provoca cierto escándalo en la prensa del espectáculo, que reproduce en cámara lenta las escenas afectuosas entre ambos (Juan despeinándole el flequillo, Joaquín abrazándolo y besándolo en la mejilla) y sugiere que ha nacido un romance entre ambos.

Esa noche, Joaquín recuerda que años atrás entrevistó a Juan para un programa piloto que se grabó en Buenos Aires y nunca salió al aire. En aquella entrevista, deslumbrado por la belleza de Juan, por sus ojos hechiceros, Joaquín rozó el tema del amor entre hombres y Juan, valiente como siempre, no lo esquivó. Después, al salir de la grabación, Joaquín le dio su teléfono, esperanzado en volver a verlo, pero Juan no lo llamó. En vísperas del estreno de su monólogo, y todavía divertido por las conjeturas e insinuaciones que se hacen en la televisión tras el encuentro sorpresivo con Juan, Joaquín recibe una llamada.

Es Juan. Quiere entrevistarlo para su programa de televisión. Joaquín acepta encantado. Juan y Joaquín se encuentran en un restaurante de Palermo, una tarde de abril. Juan viste una camiseta ajustada que pone énfasis en sus músculos. Está acompañado de su novio. Joaquín llega con Martín. Toman unos tragos. Hace calor. Se sientan en la terraza. Los técnicos acomodan las luces, los cables, los micrófonos. Juan y Joaquín se sientan uno frente al otro. Sus novios observan en silencio. Juan luce bello y atormentado, bello y nervioso, bello y angustiado. Joaquín se pregunta en silencio por qué Juan está tan inquieto. Intuye la razón. Ha escuchado rumores. Ha tomado esos polvos cuando era joven. Sabe reconocer sus efectos.

Durante una hora o poco más, Juan lo somete a un cuestionario inteligente y atrevido, que por supuesto aborda el tema de la homosexualidad. Joaquín, liberado años atrás de los miedos y las vergüenzas que impone la vida en el armario (tan común y celebrada en Lima, donde a decir la verdad es una bajeza y esconderla, un acto noble, virtuoso y elegante), cuenta con franqueza y sin falsos pudores cómo se casó, cómo tuvo dos hijas, cómo se divorció, cómo se enamoró de Martín.

Al terminar la entrevista, invita a Juan y su novio al teatro. Juan promete ir a verlo. Por razones que Joaquín nunca conoció ni probablemente conocerá, la entrevista que le hizo Juan no llegó a ser emitida en televisión. Quizá Juan, al verla, se vio demasiado turbado o estimulado. Quizá le pareció que Joaquín era un idiota. Quizá pensó que esas confesiones íntimas eran todo menos novedosas. Lo cierto es que la entrevista nunca salió al aire.

El día del estreno, Joaquín, que nunca había sentido tanto miedo como aquella noche en que debía hablar durante dos horas sin olvidarse de nada y haciendo reír al público, se alegró de ver entrar en la sala, ya comenzada la función, a Juan y su novio. Poco le duró la alegría. Diez minutos después, se pusieron de pie y se retiraron bruscamente, al parecer decepcionados de la calidad del espectáculo, y ante la mirada incrédula de Martín, que no podía creer tamaño desaire.

Joaquín quedó dolido por la brevísima visita de Juan (y ya estaba apenado porque la entrevista que le hizo nunca se emitió), pero prefirió atribuir ambos percances o malentendidos a los sobresaltos derivados del vicio privado que su amigo practicaba, la inhalación de ciertos polvos estimulantes que, bien lo sabía él (porque los había aspirado cuando era joven), secuestraban toda forma de paz, imponían una vida vertiginosa y alteraban la percepción de la realidad.

Aquella noche fue la última vez que lo vio: Juan poniéndose de pie y retirándose deprisa del teatro, Joaquín preguntándose en silencio qué había hecho tan mal para que su bello y atormentado amigo se marchase a los diez minutos de haber llegado.

Meses después, en febrero, Joaquín despierta en la habitación de un hotel en Amsterdam. Hace frío. Enciende la computadora y entra a la página de La Nación. No puede creerlo: Juan ha caído del balcón de su departamento en Palermo y está en coma. Muere a los pocos días, con sólo treinta y tres años. Joaquín abre la ventana, enciende un porro y llora en silencio, recordando al hombre bello y torturado que salió del armario para caer del balcón.

domingo, junio 24, 2007

EL LADRON DE LA INTIMIDAD

Joaquín es escritor. Escribe novelas y crónicas. En ellas suele escribir sobre su intimidad. No le interesa escribir sobre lo que no conoce o lo que no le toca el corazón.

Sólo escribe de lo que conoce, lo que ha vivido, lo que ha dejado una huella más honda en su memoria.

Al hacerlo, escribe también, es inevitable, sobre las personas que más influencia han tenido en su vida sentimental, con las que ha compartido alguna forma, apacible o peligrosa, de intimidad: sus padres, sus amigos, sus amantes, la gente que ha estado en su vida y ha dejado un recuerdo poderoso, imborrable en él.

Joaquín no sabe escribir de otra manera, no quiere escribir de otra manera. No le interesa escribir sobre vidas que no conoce, sobre conflictos que no son los suyos, sobre temas que no le duelen u obsesionan, sobre desconocidos imaginarios, personajes de cartón, criaturas sin alma que no despiertan ninguna emoción en él.

Joaquín siente que, como escritor, tiene derecho a contar su vida, su intimidad, sus recuerdos más perturbadores.

No ignora que, al hacerlo, distorsiona su pasado, lo afea o embellece, lo corrompe y exagera, se inventa una vida ficticia que no ha vivido del modo más o menos afiebrado en que la narra, pero que tal vez le hubiera gustado vivir.

Por eso, la intimidad que cuenta en sus novelas y sus crónicas es la suya y no es la suya, porque se basa en su vida, pero no es, en rigor, la que ha vivido sino la que cree o recuerda haber vivido, que ya no es lo mismo, porque la memoria y el tiempo conspiran minuciosamente contra la verdad, y la que luego escribe, fabula o fantasea a partir de esos recuerdos, termina siendo una cosa completamente distinta, mejor o peor, generalmente peor, de lo que en realidad vivió.

Sin embargo, muchas de las personas que, por culpa del destino o porque así lo han querido, han visto sus vidas confundidas con la de Joaquín -sus familiares, sus amigos, sus amantes, sus compañeros de trabajo- creen que no tenía derecho a contar esas cosas tan privadas, aquellos secretos más o menos inconfesables, unos asuntos contrariados o felices, que, piensan ellas, pertenecían al ámbito de su intimidad y que, al recrearlos y publicarlos en la forma de una novela o una crónica, él ha expuesto indebidamente, faltando al pudor, a la discreción y al respeto a una sacrosanta privacidad que esas personas sienten que ha sido violentada, traicionada y, peor aún, falseada, porque, en efecto, las cosas que cuenta Joaquín no son como ellas las recuerdan sino como él, arbitraria y caprichosamente, se ha inventado.

Desde que publicó su primera novela hasta la última de sus crónicas, a Joaquín le han hecho ese reproche, le han enrostrado aquel reclamo airado: “No tenías derecho a contar mis intimidades”.

Se lo han dicho, en tono más o menos áspero, en público o en privado, sus padres, algunos de sus hermanos, la mujer a la que más amó, ciertos parientes de esa mujer, sus amantes reales o imaginarios, los amigos que perdió, las mujeres a las que intentó amar, el primer hombre con el que hizo el amor.

Esas personas han sentido que Joaquín, en su afán obstinado de ser un escritor, las ha traicionado, ha asaltado y saqueado, con espíritu desalmado de corsario, los tesoros más valiosos de su intimidad, aquellos secretos mejor guardados, sus peores miserias y vergüenzas, y que se ha convertido por eso en un pirata y un traidor, en un refinado asaltante de intimidades. Joaquín nunca sabe qué responder cuando le hacen ese reproche.

Por lo general dice secamente: “Un escritor tiene que contar su vida”. Entonces es frecuente que algunas de las personas afectadas le digan: “Pero estás contando mi vida sin pedirme permiso”. Joaquín, si tiene valor, tal vez responde o quisiera responder: “Pero tu vida o tu intimidad, cuando se cruza con la mía, es también mi vida o mi intimidad”.

Después, cuando se queda a solas, a menudo abatido por la culpa, se plantea una cuestión ética que no le parece simple a primera vista:

¿Quién es más dueño de aquella intimidad compartida, el escritor impúdico que la airea o las personas que tuvieron la suerte o la desdicha de conocerlo y enredarse con él?

¿Qué derecho debería prevalecer, el del escritor a contar su vida y por consiguiente las de aquellas personas que estuvieron, por azar o por elección, en su vida, o el derecho de esas personas a proteger sus secretos y su intimidad?

¿Tienen derecho aquellas personas a censurar al escritor en nombre de sus miedos, sus pudores, su sentido de la discreción y el honor?

¿Tiene derecho el escritor a contarlo todo, sus secretos y los de otros, en forma de ficción o, sin artificios ni trucos literarios, como memorias personales, aun a riesgo o a sabiendas de que, al hacerlo, provocará vergüenza, malestar o incomodidad en algunas de las personas expuestas o retratadas muy a su pesar?

Joaquín cree que un escritor no puede aspirar a construir una obra más o menos estimable ni original si impone sobre sí mismo, sobre su apetito creador, sobre su instinto artístico, sobre sus corazonadas literarias, la censura moral que muchos, sin comprender la naturaleza misma del oficio, le exigen: que no deberá nunca, en ningún caso, inspirarse en las personas que más influencia han tenido en su vida sentimental, que no deberá retratarlas ni exponerlas en su obra, que no deberá robarles sus secretos mejor guardados ni apropiarse de su intimidad, que no deberá saltar sobre ellas, en sus ficciones, crónicas o memorias, como un pirata ávido de tesoros escondidos. Joaquín cree que la buena literatura tiene que ser impúdica y transgresora, indiscreta y aguafiestas, osada e impertinente, y que los más grandes escritores, o los que él más admira, han sido formidables asaltantes de la intimidad (incluso de la intimidad de algunas personas que no conocieron, que vivieron en otro tiempo, una intimidad que se inventan impunemente sin cambiarles el nombre siquiera, con la licencia legítima de que toda novela histórica tiene más de novela que de historia) y que esos grandes artistas siempre se han servido, porque no podían evitarlo, de sus recuerdos más íntimos y desgarrados, que inevitablemente bordean, rozan y se entremezclan con la intimidad de aquellas personas que conocieron, para, usándolos como materia prima o combustible explosivo, encender el fuego sagrado de la literatura y echar a arder honores, reputaciones, decoros e imposturas de toda clase.

Joaquín cree por eso que aquel antiguo conflicto ético entre el derecho de un escritor a contar su vida (en forma de ficción o directamente de memorias) y el derecho de otras personas a proteger su intimidad, impidiendo que el escritor cuente su vida, sólo puede ser zanjado del modo en que triunfen, ante todo, el arte, la belleza y la más insolente verdad (o la oscura y quebradiza verdad que es la que se resigna a contar el escritor), y en que fracasen así las conspiraciones del silencio, de la chatura moral, del falso honor y las mentiras en el armario o bajo la alfombra, que son las que pregonan los defensores de esa curiosa decencia social que el escritor, si lo es de verdad, se verá obligado a dinamitar, aun a riesgo de quemarse las manos y el honor.

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